Tras 12 días de solemnes homenajes a Isabel II, el Reino Unido retomó el martes la normalidad, con el fin del luto nacional y el retorno a la realidad de un país enfrentado a la crisis y una monarquía cambiante.
Las banderas de los edificios oficiales, en media asta desde que la reina falleció el 8 de septiembre con 96 años en su residencia escocesa de Balmoral, volvían a ondear en alto.
Durante casi dos semanas, Londres y la capital escocesa, Edimburgo, fueron escenario de pomposas ceremonias: de la proclamación del nuevo rey Carlos III a la solemne procesión fúnebre que llevó a la monarca hasta su última morada en Windsor.
Sus tradicionales rituales y sus coloridos uniformes medievales trasportaron al país, y al mundo que observó enganchado a la televisión, a un tiempo casi irreal.
Pero aunque la familia real británica permanecerá de luto aún siete días más, el duelo nacional decretado por el gobierno terminó este martes.
Londres emprendió una gigantesca operación de limpieza tras el «funeral del siglo», celebrado en la Abadía de Westminster, y que reunió a cerca de un millón de personas en las calles, según estimaciones de la policía.
Datos provisionales estimaron por otra parte en «más de 250 mil» las personas «que pasaron por el Parlamento», afirmó la ministra de Cultura, Michelle Donelan, a Sky News, en referencia a la capilla ardiente instalada durante cinco días en Westminster Hall, que vio sentidas expresiones de emoción y kilométricas colas de entrada.
La primera ministra Liz Truss, nombrada por Isabel II solo dos días antes de su muerte, viajó a Nueva York el lunes por la noche para participar en la Asamblea General de la ONU, donde refirmará el inquebrantable apoyo británico a la Ucrania invadida por Rusia.
La nueva líder conservadora, que sucede al controvertido Boris Johnson, deberá asimismo buscar soluciones a la acuciante crisis que vive el Reino Unido por el coste de la vida.
